1.15.2006

Libertina yo?

Lo que leerán a continuación se deriva de un adjetivo descalificativo que hace unos cuantos días tuvo a mal en decirme una persona que, bajo mi pequeño cristal, es bastante insignificante. ¿Por qué escribo sobre ello si se supone que es “insignificante”? Simple: porque debería saber que la única reacción que provocan las “palabras nunca usadas y/o no conocidas” en los cerebros vacíos, es pena ajena. Ahora bien, aquí viene lo bonito: ¿Para qué escribo sobre ello? Simple, también: para expresar mi opinión al respecto, breviario cultural y para darle gusto a mi "Yo sarcástico" (que llevaba un par de horas encerrado por no tener pasta en que usarlo)

¡ ERES UNA LIBERTINA !

Yo, con lo pesada que soy al momento en que las cosas me entran a la cabeza, pues que me pongo a analizar la palabrita. Mi RAM comienza a buscar en todos los archivos “libertina”, “libertinaje” y cualquiera de sus variantes. Cuando por fin la encuentra, me bota una definición en automático que, dicho sea de paso, es la de la RAE.

Libertino-a: que ejerce el libertinaje.
Libertinaje:
desenfreno en las cosas o en las palabras sin el debido respeto a los demás. Falta de respeto a la religión.

“Falta de respeto a la religión” Jodé! Pero si yo mi religión la tengo muy clara! Venga hombre, una cosa es que no comulgue con ciertas doctrinas de la religión católica y otra, muy distinta, es que me pase el día entero cagándome en ella. Y en ese tema, yo no soy censor, yo me omito.
Ála! Pues por ahí no es...

“Desenfreno en las cosas o en las palabras sin el debido respeto a los demás” Vale, ya está! Pues por ahí podría ser. Claro que, ipso facto, me llega la sangre hirviendo a la cabeza, y es aquí donde expreso mi humilde opinión.

Definitivamente no me gusta la palabra libertinaje, no la entiendo. Es vocablo que tiene un dejo de moralidad; yo solo comprendo y ejerzo mi libertad, quizás porque sea un poco
libertaria (que es muy distinto) No soy moralista, cada uno que haga con su vida lo que quiera, no asumo el significado de la palabra libertinaje. Punto!

¿Por qué en automático se relaciona la palabra libertina con prostitución? Está mal usada, según mi postura. Otro ejemplo del “mal uso del vocabulario” es la palabra:
Amante. ¿Qué o quién es un amante? ¿No es, más bien, aquella persona que ama? ¿Por qué seguimos relacionando amante con infidelidad, promiscuidad y falta de respeto? En mi caso tengo muchos amantes pues muchas personas me aman, y yo también soy amante, porque amo.

Desafortunadamente, muchas personas usan la frase “Libertad, más no libertinaje” como si estuvieran afirmando una como “blanco, más no negro”.
(Resoplo) Lo contrario de la libertad no es el libertinaje. Lo contrario de la libertad es la esclavitud, la subordinación y la dependencia. ¿No se da cuenta? ¿No le da la cabeza? ¿No comprende algo tan evidente? El control del sexo y del lenguaje cumple una función absolutamente social como soporte de las ideologías totalitarias.

Libertinaje es hacer cada quien su gana sin considerar a los demás. La libertad implica la pequeña gran diferencia de tomar en cuenta a los demás; respetando sus verdaderos derechos, y asumiendo por tanto responsabilidad por esos derechos. Libertad es seguir cada quien su albedrío, pero sin atentar contra el igual derecho de los demás, y tomando responsabilidad por las consecuencias de sus propias acciones. Una persona que no es capaz de comprender que otro ser humano tiene el derecho legítimo de auto-realizarse, es una persona cegada por su ignorancia. Y (retomando mi persona) concluyo entonces mi discurso con un:

Libertina no, libre y emancipada.

Le duela a quien le duela.

1.04.2006

Un mensaje...

... para usted. Que me siente y me presiente. Que me huele, que me anhela. Que me busca, que me llama y así, llamándome, me encuentra. Usted que sabe donde, que sabe el cuando, que sabe el como.

A usted, querido compañero... que de mí lo sabe todo, y si no, le busca el modo.

Seguramente usted piensa que estas palabras dirán mucho más de lo que realmente dicen. Probablemente crea que escribo una gran historia o que intento persuadir para hacerlo pensar lo que no es. Pero no, este es un mensaje de mi "yo" profundo, una catarsis para dejar fuera aquello que llevo muy dentro.

La propuesta y la respuesta estoy tratando de decirlas, lo demás... usted lo sabe.

Haikú

Requiero de agua limpia para saciar la sed. No tomaré de tus grietas corrientes. Bastante gastada tengo la vida para clamarle bajezas similares.

Grito

¡Y cretina se desangra la ciudad
en lágrimas infértiles,
mientras los niños
comen en las esquinas
galletas de frío, de pena,
soledad y angustia!

Instrucciones para: ¿no extrañar?

A veces, no hay dolor más fuerte que el no causado, el no sentido y el no vivido. Entonces, es cuando uno se da cuenta de que lo que hace daño no es el sufrimiento, sino el vacío. El hueco de las conversaciones nunca habladas cuando sin esperarlo te viene a la memoria un recuerdo.A veces es un hueco de abrazo el que se siente. Notas como un regazo vacío te rodea. Algo que debería estar y no está, y que duele. Un desarrebujo del alma. Comienzas a pensar y te das cuenta de que eres puro hueco, agujero negro en estado puro. Un queso gruyere de sentimientos, caricias, dedos, susurros, sueños, vivencias, risas.

Y por cada espacio se derrama un dolor o se te clava una aguja... y duele. Es por esto que, aun a sabiendas de lo imperfecta de mi aspiración, voy a intentar escribir unas instrucciones a seguir para, al menos intentar, no extrañar:
1.- Queda terminantemente prohibido escuchar canciones de amor o con letras mínimamente sensibles. Aunque, ¿realmente eso importa? Estoy segura de que si escuchara una canción cuyo tema principal es que al protagonista le parta un rayo, imaginaría su preciosa cabeza, tan llena de ideas, tan sonriente, tan tan tan suya...encantadoramente partida. Conclusión: queda terminantemente prohibido cualquier tipo de música.
2.- No leer nada que te recuerde a la persona en cuestión. Por supuesto, ni se te ocurra ojear algo de lo que tu cariño te ha escrito en un arranque de amor. Olvida también a Neruda y demás canciones desesperadas; pero no creas que así vas a conseguir estar totalmente a salvo... no, sigue alerta. El subconsciente es muy sagaz, buscará la manera de llevarte a algo que en algún momento te comentó... quizá la reproducción de la araña gigante senegalesa o cómo superar las alergias a los gatos de angora... no bajes la guardia. Creo, pues, que ante esta disyuntiva, lo mejor para eso es, directamente, no leer.
3.- Cuando vayas a preparar comida o a encargarla en un restaurante, recuerda no pedir nada que hayan comido juntos en alguna ocasión, o de lo que él / ella te ha comentado que le gusta especialmente. También es importante, aunque te parezca una tontería, que no pidas nada que deteste, pues en este caso, al introducir en la boca el alimento en cuestión, un sentimiento de ternura inherente al rechazo de ese plato por tu niño/a te impregnará, haciéndote sentir de la misma manera, y consiguiendo llegar así a una de las peores situaciones: sentirte completamente identificado.
No obstante, algo tengo que decir en defensa de esto último, y es que si eso pasa cuando, por simpatía, te entran náuseas al probar las almejas a la marinera, imagínate lo que puede suceder si, por el contrario, te da por pedir su postre favorito: ensalada de mango, con su plátano y su mandarina hecha gajitos y bien regada de azúcar y limón. Si llegado a este punto, decides no hacerme caso, deberás atenerte a las consecuencias... La primera cucharada te hará sonreír recordando con melancolía el sabor de sus mejores besos, la segunda, te traerá a la memoria que hace mucho que no los pruebas, la tercera... en la tercera te temblará el labio. En la cuarta, soltarás la cuchara con rabia y beberás agua, para disimular. Respirarás hondo. Al fin y al cabo estás en un restaurante ¿Qué pensarían de ti si supieran que empiezas a hacer pucheros por culpa de una macedonia? Así que coges aire y lo sueltas por la nariz, cerrando los ojos. Suspiras. Acaricias la cuchara. Te recuerda su piel. Miras y continuando con el devenir del cubierto, vas a parar al zumo y a la fruta jugosa. Entonces es cuando no te das cuenta. De repente, en el jugo comienzan a aparecer ondas concéntricas. Primero una, solitaria, luego aparecen más, nuevas. Son gotas de lluvia que vienen de tu cabeza. Te lo advertí. Su sabor es una de las cosas a evitar. El tercero de los mandamientos para no echar de menos.
4.- Intenta olvidarte del sexo. Puedes conseguirlo. Piensa que esa zona de tu cuerpo se ha evaporado, flota en el limbo, como un nonato. ¿Sonríes? Sí, es cierto, quizá sea una propuesta un poco ilusa, sí, ahora que lo dices, yo también me estoy riendo... pero ¿qué solución encontrar entonces? Si las ganas te arrebatan y no está, nada sirve. Mata las ganas, pues... pero ¿cómo? A ver, se me ocurre a bote pronto que lo que esta claro es que hay ciertos elementos indispensables a evitar: voz, imagen y olor. En el caso de ponerte en contacto con alguno de estos elementos, ten por seguro que sucumbirás. Y no hay peor hambre que la del hambriento de ausencias, ni peor sed, que la del sediento de hambre. Advertido estás.
5.- Como quinta y última instrucción, se me ocurre que olvides su boca. Bórrala de las fotos, de tu mente, de su distancia. Esa boca que besa, la que habla y ronronea. La perfecta e imperfecta, la acoplable, la bebible, la mimética. La que muerde, la que araña, la que pega, la que te mata de dulce, la que te traga vida pero calma la sed. Esa que regala tormenta y calla cuando está como ausente.Y llegados a este punto, sólo me queda decir, que si me leo y releo pienso que para no echar de menos debo dejar de oír música, no leer, evitar casi el comer, olvidar el sexo y, sobre todo, su boca. Creo que la única manera de no echar de menos, pues, es no queriendo o muriendo.

Y vamos a ver... ¿quién carajos quiere eso?

10.20.2005

Déjame

Este es tuyo, Jojo.
Déjame... anda... déjame sanar tus alas para que salgas del viaje sin rumbo, para que encuentres la salida que el desierto de la vida dejó. Y entonces te construiré un baúl enorme para encerrar la soledad y guardar los miedos. Y te amarraré a un cometa y volarás lejos, muy lejos... aunque (muy a mi pesar) no vuelvas. Sé que somos diferentes en los pasos, en las palmas, en los estilos; parecidos en las almas, en las miradas y en los sentidos. Dispares en la historia, coincidentes en el espacio y el culto a la memoria; mis gobiernos en el cielo, tus gobiernos en la tierra.

Pero déjame... anda... Déjame darte mis manos, mis ojos para que llores, la luz de la luna para iluminar tus caminos. Déjame enseñarte lo divertido que es armar frases en la arena antes de que el mar se las coma. Déjame que te cuente mis suspiros y adivine los tuyos. No hay distancias, no hay tiempos, el destino distraído nos unió ¿Qué le vamos a hacer? Déjame enseñarte a pedirle a la vida una tregua; a que el pasado no flagela y que el futuro no es incierto; que la lluvia no pinta de gris el mundo; a abrazar el viento y detener el tiempo. Déjame enseñarte el espacio sobre mi hombro, a deletrear mi nombre para que lo grites cuando te sientas solo y te prometo que apareceré para ayudarte a brincar el vacío.

Deja que con mi voz apague y disipe los demonios que viven en tu interior. Déjame seguir escuchándote hasta provocar mis risas; lo bien que se siente abrazarte... sentirte vivo... y yo te digo que es mejor así, que es mejor que llueva fuera de nuestros ojos, que no lamentarás haberme conocido, que nuestras barreras no funcionan como desprecio sino como atajos y que aprenderemos a derribarlas... o saltarlas... o excavar bajo de ellas. Déjame enseñarte a sentirte como pez en tu acuario voluntario, sin que te den ganas de correr lejos. Enseñarte a que no es tan insoportable el “no saber que hacer”, a no tener rejas en la mente. Déjame sostener (aunque sea un rato pequeñito) tus buenas, tus malas y las no tanto para que te sientas descansado.

¿Qué quieres que haga? Así soy. Me niego a no enseñarte mis ideas y tener que irme lejos con ellas o sentarme en la orilla de tu vida con tendencias certeras de caer; a no mostrarte, a no mostrarme; me niego a la propia celda del que no lucha, me niego a morir sin intentarlo pero, sólo si tú me dejas...

... anda... déjame.

La Consulta del Dr. Rodrigo

Día Lunes

Su rostro estaba desencajado, para ser una adolescente el brillo parecía apagado, aunque tenía algunas espinillas en su joven tez. Sentada, nerviosa, con las rodillas juntas y los pies separados. Sus brazos cruzados denotaban un anhelo de protección y los ojos enrojecidos delataban un reciente lloro. Era la primera vez que iba a un ginecólogo, la compañía de su mejor amiga lo hacía más soportable, no podía dejar de pensar en el retraso que tenía, los dolores de tripa y sus constantes náuseas.- Lo siento, tienes que pasar sola.

La imagen del doctor sonriente le otorgó algo de tranquilidad.
- Dime, que te ocurre.
- Tengo un retraso de tres semanas, me molesta la tripa y tengo náuseas.
- ¿Mantienes relaciones habitualmente?
- Desde hace dos meses, mi novio y yo lo hacemos todos los días.
- ¿Utilizas alguna protección?
- La verdad es que no.
- ¿Ninguna?
- No.
- Probablemente estés embarazada.
- Él me dijo que era imposible quedar embarazada.
- Por favor, si haces el amor sesenta veces consecutivas está claro que es posible.
- Pero es que yo no hago el amor, solo se la chupo.
- ¡Enfermera! haga el favor de traerme una lavativa. Otra que viene con empacho de semen.
- ¿Y el retraso doctor?
- ¡Y yo que coños voy a saber! menos menopausia, cualquier cosa. Dios, esta juventud me va a matar a disgustos.

Día Martes

Allí estaba Rafael Calderón, sentado, esperando su turno para entrar. El miedo a lo desconocido lo tenía atenazado; ello hacía que su rostro se encontrara desencajado. A los 56 años, era la cuarta vez que iba al médico, no porque no le hubiera hecho falta; era más por respeto a todo lo que le oliera a médico, pero esos dolores al orinar, la incontinencia y los desplomes en el sexo le habían obligado a consultar con el doctor Rodrigo

- ¡Que pase el Señor Calderón!
- Buenos días, creo que mi médico de cabecera ya le envió un pre-diagnóstico con mi informe.
- Así es, por lo que observo en el informe es posible que tenga que ver con la próstata. Le voy a realizar una palpación para calibrar si existe algún tipo de inflamación. Vaya bajándose los pantalones y la ropa interior, después haga el favor de apoyarse en la camilla en posición inclinada abriendo las extremidades inferiores.- Perdone Doctor...
- Rodrigo, Doctor Rodrigo.
- Pues eso Doctor Rodrigo, debe de haber una confusión, no se donde está la próstata pero no creo que sea necesario que me baje nada.
- Se lo voy a decir más clarito que no tengo tiempo para perder. Usted se baja los pantalones, se pone en pompa mirando hacia arriba y déjeme hacer lo mío que soy un profesional.Rafael asintió como si fuese un niño abochornado por una riña. Observó como el doctor se tronó los dedos para después colocar en su mano derecha un guante de látex. Ahí ya no quiso mirar más pero un ruido extraño, parecido al de una diarrea, le hizo volver la cara. No era otra cosa que el doctor metiendo los dedos en un bote de lubricante.
- ¡Ahhhhhhhh, ayyyyyyy!, ¡eso no me lo hace ni la madre que me parió, desgraciado!

Rafael, con la cara descompuesta, salió de la consulta con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, llorando como un niño y gritando como un loco. Los pacientes que esperaban fuera no creían lo que veían, Rafael huía despavorido y el guante de látex, enganchado en el esfínter, ondeaba en su trasero cual bandera de la liberación.

A los lejos solo se escuchaba un eco: ¡Maricones, que son todos unos maricones!

De Grande Seré (fragmento de Azul)

A veces me dicen si no me habrá comido
la lengua el gato, sobre todo cuando
me preguntan que quiero ser de grande.


Esta mañana me ha comido la lengua el gato. Se la ha comido cuando la maestra preguntó:
-¿Han pensado ya qué quieren ser de grandes?-
Por lo visto, la mayoría de mis compañeros del salón lo habían pensado, porque enseguida respondieron:
-¡Yo, piloto de aviones!-
-¡Yo, cantante de ópera!-
-¡Yo, granjero!-
-¡Yo, maestra!-
-¡Yo, arquitecto como mi papá!-
-¡Yo, mamá!-
Y yo... aún no lo había pensado, y no me atreví a abrir la boca.
-¿Y tú Azul, ya sabes que quieres ser de grande?
-¡Otra vez le comió la lengua el gato!- se adelantó Paula, la más habladora del salón.
Tartamudeando respondí:
-Yo... Yo..., no sé todavía-
Después de clase, volví callada y pensativa en el transporte, y en casa seguí igual. Pensaba que quizá podría ser doctora, o veterinaria, o de esas personas que hablan ante muchas personas pero, nada de eso me convencía del todo.
-A esta niña, hoy el gato le ha comido la lengua otra vez- dijeron Graciela y Lalo durante la cena.

Sí, estoy callada, pero me gustaría preguntar a Graciela si de niña quería ser maestra de baile, o arquitecta, o escultora; a Lalo, si desde chico quería ser militar, o ingeniero, o profesor; sobre todo, me gustaría preguntarles si siempre han soñado con trabajar tanto, porque parece que no piensan en otra cosa. Pero como todo el mundo se empeña en que hoy me ha comido la lengua el gato, ni siquiera he abierto la boca.
-A que no te acordabas que mañana llega Luz- me dijo Lalo. -Si quieres, podemos ir juntos al aeropuerto.- Seguí con la boca cerrada, pero pensé: ¡Cómo lo iba a olvidar! En mi cara se dibujó una enorme sonrisa y no hice otra cosa que mover mi cabeza con firmeza, como diciendo “sí”.
-Yo tengo mucho trabajo y no podré ir, pero prometo preparar la cena- se disculpó Graciela.

Cuando por fin llegó la hora de dormir, una vez en la cama, me he vuelto a preguntar qué me gustaría ser de grande pero, por ahora, sólo sé que mañana Luz regresa de España y que Lalo y yo iremos a buscarla al aeropuerto. Y, siendo franca, eso es lo único que necesito saber para estar contenta.

Durante la noche, tuve una pesadilla terrible: un gato pardo, del tamaño de un león, quería comerme la lengua pero, justo en el momento en que me lanzaba un zarpazo, me desperté empapada en sudor. Creo que por eso, hoy ha sido un alivio tener que levantarme. Me miré espantada en el espejo del baño de Graciela mientras me repetía “fue una pesadilla... sólo eso. Piensa en cosas bonitas... en cosas bonitas”. Y me acordé que Luz llegaba ese día, y de nuevo, sonreí.

Camino al aeropuerto hablaba y hablaba con Lalo, tanto, que varias veces me mandó a callar con un: -¡Niña, pero hoy estás hecha un perico!-
-¿Luz quería ser pintora desde chica?- insistí.
-Que sí, ¿cuántas veces lo tengo que repetir? Desde chica soñaba con ser pintora.
Ya en el aeropuerto, seguí haciéndole preguntas mientras mirábamos por los grandes ventanales los aviones que aterrizaban. Y jugábamos a adivinar que marca eran, de donde llegaban y cuantas personas venían dentro. A Lalo siempre le ha gustado asomarse por la ventana cuando escucha que va pasando un avión. Entrecierra los ojos para que no le moleste el sol, hace un esfuerzo por ver que marca es y siempre termina diciendo: -Ese viene del sur- (o del norte, o de España, o de China).

De pronto, y como si hubieran levantado el enorme telón de un teatro, se abrió una puerta y apareció mi tía.
-¡Lalo! ¡Azul, mi pichón de elefante!- y nos dimos todos los besos acumulados durante meses.

En el coche, Luz iba contando muchas cosas. No dejó de hablar ni un momento y yo, no le quitaba el ojo de encima a mi tía.
-¿Te comió la lengua el gato, pichón?- preguntó Luz mirando hacia atrás. No le respondí nada, sólo le saqué la lengua y jugamos a que me la atrapaba.


Al llegar a casa, nos encontramos con que Graciela (que es mi mamá) había llegado temprano del trabajo a preparar la cena y había puesto la mesa. La comida estuvo deliciosa y la sobremesa, aún más. Luz nos mostraba fotos y contaba historias mientras mis padres preguntaban cómo estaba Tía Carlota, Don Paco el de la farmacia y muchas otras personas que no conocía. Yo, veía las fotos con un ojo y con el otro miraba a mi tía.

Me gustaba cuando Luz venía de visita pues siempre traía cosas del otro lado del mundo. Ponía las maletas sobre los sillones y empezaba a sacar regalos como los magos sacan conejos de sus sombreros.
-Esto es para Graciela- decía, mientras mis ansias se hacían mayores por ver que había para mí.
–Esto para Lalo, esto para la casa, esto para Santi (mi nana)-
Sacaba y sacaba cosas de las maletas. Siempre hacía lo mismo, dejaba mis regalos hasta el final; lo hacía a propósito porque sabía que me moría de la emoción. Le gustaba ver mi cara de curiosidad, pero sobre todo, le encantaba cuando abría mis ojos como búho al ver lo que me había traído.

Algo de ropa: -¡El último grito de la moda, pichón!- decía mientras sacaba más cosas para mí. Libros: -¡libros! ¡Con lo mucho que me gustan!- ella lo sabe. Sabe que me gusta leer y que Graciela también me lee a ratitos. Entre la ropa ha sacado dos cajas con muñecas dentro.
-¿Muñecas?- pregunté extrañada –Sabes que no me gustan las muñecas-
-¡Anda, pichón! Estas que te he traído son lindas, además, deberías jugar con otras cosas que no sean tu resortera, tus canicas y los carritos de los vecinos.-
-Después del colegio, baja volando al parque para trepar por los árboles y revolcarse bajando los cerros- dijo riendo Lalo.
-¡Claro, como soy yo quien lava la ropa, ustedes se ríen!- dijo Graciela bromeando.

Mientras miro con atención los regalos, pienso: “Quizá yo también pueda ser pintora, o directora de una escuela, o escritora, o...” Graciela interrumpe:
–Azul, se está haciendo tarde y mañana debes ir al colegio-
-Sí, pero pronto estarás de vacaciones, ¿cierto?- añadió Luz mientras quiñaba un ojo.

En el baño, a solas, me dediqué a curiosear en el neceser de mi tía. Me pinté las uñas y los labios; también me maquillé un poco y, entonces, terminé de pensar: “...o estilista, o maquinista de un gran tren...” Pero nada me convence todavía y me topo con un: aún no lo sé.

Hoy me levanté sin chistar cuando Luz vino a despertarme. En la noche no tuve pesadillas y al mirarme en el espejo del baño, encontré una gran sonrisa en mi cara. Cuando me levanto tarde, mi madre se enfurruña y me regaña (bajito, como si no fuera tan en serio) pero esta mañana me he levantado sin protestar y hasta me sobró tiempo para desayunar “pan con café con leche”; como desayuna mi abuelo Gerónimo, que es el papá de Lalo. Aún así, Graciela ha tenido que decir:
-Si la hubiera llamado yo o Santi, Azul habría contestado: ¡Porfa, todavía no termino de dormir; no abre ojo! Pero como hoy la ha despertado su querida tía, no ha dicho ni pío-
-Anda que se hace tarde- ha seguido mamá –el trasporte está por llegar y yo debo irme a trabajar-
-Anda, pichón... hoy te acompaño yo y esperamos el trasporte juntas- dijo Luz, y antes de salir, me puso uno de sus sombreros.

Cuando llegó el transporte, mis compañeros se quedaron con la boca abierta al ver a mi tía.
-¿Quién es esa? Esa no es tu mamá, ¿o sí?- me preguntó Lucy entre dientes.
-Es mi tía, Luz, que vive en España. El sombrero también es de España-

Durante toda la mañana, estuve de revoltosa. Pero un rato antes de salir al recreo, me ha vuelto a comer la lengua el gato. Ocurrió cuando la maestra preguntó:
-¿Ya pensaron de qué se van a disfrazar? ¡No olviden que mañana es el festival navideño!-
Y como siempre, todos mis compañeros lo habían pensado, porque enseguida respondieron:
-¡Yo, de marinera!-
-¡Yo, de príncipe!-
-¡Yo, de león!-
-¡Yo, de astronauta!-
Pero esta vez, sonó el timbre del recreo antes de que Paula (como siempre) me mirara con ojos de tigre.

Al llegar a casa, Luz me recibió con un fuerte abrazo y una taza de leche calientita.
-¿Ya le escribiste tu carta a Santa Claus? ¿Ya sabes que le vas a pedir?-
Yo, negué con la cabeza. ¡Me cacho! –Pensé- De nuevo me ha comido la lengua el gato. Tengo tantas cosas en que pensar pero siento calosfríos, y me sudan las manos, y... comencé a llorar.
-¡No sé lo que quiero ser! ¡No sé de qué me voy a disfrazar mañana para el festival! ¡No le he escrito a Santa Claus porque no sé que pedirle! ¡No sé, no sé y no sé!-
-Cálmate, pichón. No pasa nada. Lo primero que haremos será pensar en tu disfraz para mañana- dijo mi tía.

Luz pensaba mientras yo no le quitaba la vista de encima. Subía una ceja como si le hubiese venido una idea fenomenal a la cabeza, pero al poco rato la bajaba; creo que la idea no era lo suficientemente buena. Así, pasaron varios minutos.
-¡Ya está! ¡Lo tengo! ¡Podrías disfrazarte de Mago... bueno, de Maga! Además, los magos pueden ser lo que ellos quieran; trapecistas, cantantes, reposteros... y ¡mira! Con el sombrero ya tienes medio disfraz listo-
Me sentí contenta, y entre la ropa de mi madre encontramos lo necesario para mi disfraz. Durante la tarde me la pasé inventando conjuros, pases mágicos, poniendo cosas en el sombrero, sacándolas de él. De pronto no me desagradó la combinación de los nombres: Maga Azul. Era genial.

Cuando Graciela y Lalo llegaron, los recibí con un:
-¡Bienvenidos a la casa de la Maga Azul, al que se porte mal, lo convierto en rana! ¡Hashkara Bashkara!-
-¡No, en rana no, que afuera hace mucho frío por las noches!- suplicó mi madre con cierta complicidad, y me dio un beso largo en la mejilla.
No me quité el disfraz hasta la hora de acostarme. Entró mi tía a la habitación y después del beso de buenas noches me dijo al oído: -Tengo un secretito que contarte, pero será hasta mañana- Ese día, dormí como oso.

Lo primero que hice al levantarme, fue correr a la habitación de Luz a preguntarle cuál era el secretito que quería decirme.
-No se lo digas a nadie- me dijo bajito mirando alrededor.
-Mañana, si quieres, iremos a patinar a la plaza. Pero de esto ni una palabra a Lalo y a Graciela, ¿vale?-
-¿A patinar?- pregunté.
Hace tiempo que mis patines están confiscados en lo más alto del closet de Graciela, después de aquella navidad en que salí a patinar a la calle acompañada de mi abuela Adelina (la mamá de Lalo). Apenas aprendía y se me ocurrió la grandiosa idea de saltar una acera, como lo había visto alguna vez en televisión; pero no me salió el brinco como a esos patinadores y fui a dar de bruces contra el filo de la acera. Me salió un chichón en la mitad de la frente del tamaño de una montaña. Graciela se asustó mucho.
-Pero Luz, mamá me ha dicho que no debo usar los patines sino hasta que esté un poco más grande- argumenté nerviosa.
-No te preocupes, yo también llevaré los míos y patinaremos juntas. Será nuestro secreto-
Guiñó de nuevo un ojo y me ayudó a ponerme el disfraz.

Al llegar al colegio, mis compañeros se sorprendieron al verme. Quizá, la niña que nunca sabía nada, ya sabía como quería ir vestida. La maestra me dijo que estaba guapa y yo, rápidamente le dije a Paula:
-Si te portas mal o me molestas, ¡te convertiré en rana!-
Por primera vez, Paula no me miró con ojos de tigre; más bien parecían de gatito asustado. No pudo decir nada.

Por la tarde, he ido con Luz a patinar. No tuve miedo de caer o hacerme un chichón y, auque me he metido un par de culazos, la he pasado fenomenal. De regreso en casa, Luz abrió un álbum de fotografías y me enseñó algunas en las que, Graciela y Lalo, usaban patines.
-Ellos se conocieron en la plaza mientras patinaban. Como verás, no es tan malo- dijo en tono pícaro.
Me quedé mirando las fotografías mientras Luz tomaba papel y pluma.
-Vamos a escribirle a Santa-
-No sé que pedir...- confesé pensativa.
-Veamos...- dijo mientras alzaba una ceja –¡Lo tengo! Últimamente has tenido pesadillas, ¿cierto?-
Asentí con la cabeza.
-¿Qué te parece si pides un “espanta pesadillas”? Se usan para evitar malos sueños. Lo colocas en la cabecera de la cama para tener sueños lindos-
Me acordé del león en mi pesadilla y me pareció buena idea. Presta, comencé a escribir la carta. Despacio y con buena letra... no quiero que Santa se confunda. Luz cerró el sobre mientras me decía que la enviaríamos mañana pues hoy, la oficina de correos ya había cerrado.

Después de la cena me dediqué a mirar las fotografías que había traído Luz desde España. Encontré unas en donde posaba junto a sus cuadros y un par de personas más en la galería donde trabajaba. Pensé: “Cómo me gustaría tener uno de los cuadro de Luz. El de esta foto me encanta, pero está en la galería y el sobre con la carta de Santa está cerrado; es demasiado tarde para pedirlo”.

Llegó la Navidad y con ella, lo que los grandes llaman “espíritu navideño”. Según lo que he escuchado, el espíritu navideño hace que las personas se vuelvan más amables, se hagan regalos y se quieran mucho. Yo no entiendo bien ese espíritu porque yo quiero todos los días a mamá, y a papá, y a Santi... ¿Y por qué se hacen regalos si no es su cumpleaños? ¿Y por qué debemos ser amables sólo unos cuantos días? Tendré que preguntarle a Graciela; ella siempre tiene una respuesta para todo.

El día de Navidad, en cuanto desperté y sin parar por el baño, corrí a la sala y ahí, junto al árbol de navidad se encontraban muchos regalos. Recuerdo bien que eran cuatro los míos. Los dos más grandes: Una granja con todo y animales y un avión de Fisher Price. Uno mediano: un trío de libros (¡con lo que me gustan!) El más pequeño: un espanta pesadillas.
-¡Qué alegría! ¡Ha venido, ha venido!- grité.
-Azul, te falta abrir uno más- dijo Graciela.
-¿Uno más? ¿Dónde?-
-Mira bien detrás del árbol- agregó Lalo.
Justo detrás del árbol había un paquete grande, delgado y algo pesado. Lo abrí presurosa; no podía creerlo, uno de los cuadros de Luz.
-¡Lo adivinó, lo adivinó... y no alcancé a escribirlo! ¡Lo deseaba, pero se me ocurrió muy tarde y, aún así, lo adivinó!-

Al día siguiente, Lalo me ayudó a colocar el cuadro en mi recámara y después, mi espanta pesadillas; pero una vez más, el gato me ha comido la lengua cuando Luz, refunfuñando, me dijo: -Se acabaron mis vacaciones. Mañana debo regresar a España... pero me acompañarás al aeropuerto, ¿cierto?-
Esa noche quise aprovechar todo el tiempo posible con Luz. Hasta nos metimos al baño juntas, hurgamos en su neceser y me pintó las uñas.

Durante el camino, fui callada. La despedida en el aeropuerto también fue silenciosa aunque nos dimos muchos besos como para tener reservas durante los meses de ausencia. De pronto, y como si hubieran levantado el enorme telón de un teatro, se abrió una puerta y desapareció mi tía.

Esa noche me acosté temprano. Me sentía triste, pero antes de apagar la luz, observé el cuadro de mi tía y de nuevo, comencé a pensar: “Podría ser enfermera, o secretaria, o... Alcé la ceja (a Luz le funcionaba) y de pronto:
-¡Lo tengo! ¡Ya sé que quiero ser de grande!-

De grande seré... LUZ.

Cosas Perdidas (fragmento de Azul)

“Lo único que realmente extraño es lo infinito que lucía el mundo cuando niña”

Hoy Graciela me llevo de nuevo al parque. Me gusta el parque, aunque los niños me empujen y tenga que corretearlos a pedradas hasta que me caigo y termino con las rodillas raspadas y de nuevo Graciela me regaña, amenazándome con no volverme a traer pero las dos sabemos que sólo es de momento, porque a ella le gusta el parque tanto como a mi; aunque lo único que hace es sentarse bajo el mismo árbol a leer siempre un libro diferente; yo no sé leer pero sé que son diferentes porque con algunos, Graciela (que también es mi mamá) se pone a suspirar mientras que con otros, arruga la nariz o se queda “así”, mirando más allá de donde termina el parque. Yo no conozco nada más grande que el parque; mi casa es chiquita y esta dentro de un edificio grandote, pero no tan grande como el parque.

Como hoy no hay muchos niños me quedé junto a Graciela que leía otra vez uno de esos libros de “mirar más allá”, fue cuando me di cuenta que perdí los dos pesos que Lalo me dio de “domingo”. Me puse triste porque falta mucho para el otro “domingo” y me quedaré sin el helado de uva con chicle de tutifruti al fondo que el señor de los helados me cambia por mis dos pesos; me quedé triste porque una de las cosas que más me gustan del parque es el helado de uva con chicle. Le pregunte a Graciela si ella había visto mis dos pesos... me dijo que no, que se habían perdido... como yo no sé que es “perderse” puse esa cara que hace que mi mamá deje a un lado su libro, me ponga en sus rodillas (que no están raspadas como las mías) y se ponga a hablarme; pero siempre como mirando para adentro, como sintiéndose triste porque tampoco ella tendrá dos pesos para un helado de uva.

Existe un lugar donde van todas las cosas perdidas, ahí llegan además de las llaves que estábamos seguros de traer en el bolsillo, todas las canicas que no recogimos de entre el pasto, los nidos que estaban colgando del viejo árbol en la ultima llovizna y todos nuestros calcetines izquierdos. Nadie se ha puesto de acuerdo si este lugar esta bajo la cama, muy dentro en el ropero o bajo nuestras narices, el caso es que cuando una cosa llega a ese lugar jamás volvemos a verle pero como toda la gente, siempre estamos perdiendo cosas. A veces el lugar se llena tanto que alguien saca algunas cosas de nuevo aunque no siempre en el lugar de donde salió; entonces podremos encontrar un ratón donde perdimos un chocolate, una moneda donde pusimos un diente u otro calcetín que, lamentablemente, siempre es derecho.

Yo le creo a Graciela, ella no me dice mentiras pero creo que en ese lugar hay más que galletas, canicas o monedas. Yo, por ejemplo, he perdido cosas más grandes; no he vuelto a ver mi cuna ni la casa de mi abuelo; hace mucho que no encuentro mi sabanita ni el coche colorado de Lalo. Tenía un muñeco que primero perdió un brazo y ahora ni muñeco tengo. Hace mucho que no pasa el camión de la basura ni el avión sobre mi casa, seguro también se han perdido. Lalo se encontró unos anteojos que antes no tenía y para no perderlos no se los quita de las narices (no sabe que sólo se pierden si los pone “bajo ellas”). A veces en la noche oigo a mis papitos (que son Lalo y Graciela) hablar de que perdió su equipo, que les hago perder la cabeza y que “no sé quién” perdió hasta la camisa (yo solo he perdido mi sabanita)

Quisiera que nadie perdiera nada; que nada se perdiera. Ni el rato de sueño, la esperanza, el beso que me dan mis padres junto a mis dos pesos o el color de la pintura de mi casa. No quiero perder mi tiempo o que alguien por mí lo pierda. Odiaría perder el camino, las ganas o un brazo como mi muñeco; no quiero que se pierdan las lluvias bajo las piedras, mi resortera nueva, los árboles del parque o mi gallina que se llama “Rayuela”; no quiero perder a la gente que amo ni que Lalo pierda el camión como perdió el coche colorado.

Hoy me meteré bajo la cama o veré bajo mis narices... tendré cuidado... no sé que haría si yo misma me perdiera!!

Un Regalo Para Natalia

“Quisiera que mis huellasno se borren nunca de la arena de tu alma y que las olas sean, en su vaivén eterno,las que te confirmen, a pesar de mi orgullo,que siempre estaré contigo...”

Natalia, pedacito de luna; quiero hacerte un regalo. Olvida la caja con el alma atrapada, olvida la otra mitad del sol, el manto de estrellas, las cigarras, las tortugas y todo tu zoológico. No intentes adivinarme el pensamiento ni leas en mis ojos señales de dinero, que no se trata de algo que compré en oferta; ni es vestido ni es bufanda, es algo que nadie te va a regalar.

Sí, ya sé que no te darás por vencida, que te encantan los regalos. Este lo hice con mis manos y debo confesarte que me ha llevado tiempo. No, no es el amante perfecto, ni el esposo ideal; mucho menos es en quien piensas... ¿No sabes que, ese sería un castigo y no un regalo?. Tener un hombre al lado, te partiría el corazón y después... ¿Quién me va a querer como tú?. Hermanita mía, estamos tan solas y tan rodeadas de verdugos y de santos que me ha costado trabajo abrirme paso para llegar a ti.

No hurgues en mis cosas que ahí no esta escondido; me tomas por tacaña pensando que es un obsequio menudo envuelto en celofán. No son anillos, ni perfumes, ni brazaletes de diamantes, ni zapatos de vestir; no seas impaciente que pronto sabrás que es...

... Es un planeta chiquito que yo misma decoré para ti. Una burbujita graciosa para que vivamos las dos; ahí he juntado margaritas, mariposas de colores y unos cuantos rayos de sol; árboles de limones, el mejor de los atardeceres y muchos litros de mar; arbustos de manzanilla, conchitas marinas, gerberas anaranjadas y algunas estrellas prontas a aparecer. Los he ordenado alegremente sobre la tibia arena para sentarnos y desalojar pensamientos... (debo advertirte que junto con la arena he traído cangrejitos para que jueguen con nuestros pies)

Ahí estaremos libres y tranquilas, pues no hay espacio para alguien más. Es un planeta chiquitito que te quiero regalar.

Tengo Novio

“el mundo es un lugar maravilloso
que vale la pena salvar”
(estoy de acuerdo con la segunda parte)

Nunca sus ojos estuvieron tan abiertos. No sólo había tenido uno de esos viajes de negocios tan pesados que tanto deseaba llegaran al final, el ajetreo de su profesión lo había convertido cada vez en una visita frecuente más que en un miembro de la familia; pero eso sí, nadie podría reclamarle que fuese un desatendido, todo era por ellas y para ellas, aunque hoy algo había ocurrido en su ausencia y en que no le fue permitido participar. ¿Cuándo fue?. ¿Cómo pasó Mona?, después de todo tú estabas a cargo!”

-“Tengo novio, se llama Samuel y prometió llamarme en un rato”-

Para nadie era sorpresa el temple de Monserrat, era alguien acostumbrada a salirse con la suya y menos para su madre quien, aunque se enteraba antes de sus planes, sabía que era sólo para notificarle de sus decisiones y a lo mucho solicitar algún tipo de apoyo para llevarlos por donde ella lo deseaba. A pesar de estar acostumbrada a tales muestras de independencia esta noticia la tomó por sorpresa.

Aunque de carácter práctico; en los últimos días esta mujer se había visto burlada en su modo controlado de vivir. La profunda pero monótona relación con su esposo, el trabajo en casa, la enfermedad de su madre le estaban convenciendo de que “Si quieres hacer reír a Dios, sólo tienes que contarle tus planes” de tal suerte que, la noticia de Monse sólo era una muestra más de que nunca estarás preparado para algunas noticias, sobre todo, viniendo de alguien tan cerca de tu corazón.

René había sobrevivido a varios altibajos. Su profesión (a pesar que le aseguraba una gran tranquilidad ante la vida), la situación de su familia y su papel de hermano mayor le habían concedido cierto aire de preocupación. Imaginar a este hombre ante la noticia de su hija es igual a permanecer quieto mientras el cielo se nos cae encima o cuando menos, es parecida a un segundo antes de la orden de “fuego” frente a un pelotón; así que habrá de terminar su cena no sin preguntarse un centenar de veces cuanto tiempo estuvo fuera de la vida de sus hijas y de cuantas cosas mas habría de enterarse de seguir en este papel como “ultimo de la fila”; no tendrá clara la idea de cómo “reclamar-agradecer” a la “cómplice-madre” de la niña. Mona quizá nunca lo sepa a ciencia cierta, no importa, así es este asunto de ser esposos...

-“y ahora que hago!?”- Samuel se sabía participe de algo, mejor dicho, reclutado por los planes de Monse; claro, jamás negará lo fascinado que le tiene la imagen de su reciente amor, esa atracción él la reconoce desde un año atrás en que sus miradas se encuentran por primera vez con el ya conocido pretexto de compartir la escuela. Ahora, sólo con sus pensamientos y mirando como el tiempo se hace espeso, se reconocerá todo menos un conquistador, es más, al cabo del tiempo se acabará por comprender que con él se repite esa añeja costumbre de ser elegido (y tristemente apenas notificado) para formar parte de algo. Siente el vértigo de la naciente felicidad entremezclada con el ocre sabor de la zozobra de no saber cuanto ha de durar y lo que es peor, saber que aún en ese momento sólo será avisado de una más de las decisiones de Monse; de que su historia juntos habrá de terminar, porque ella, como es costumbre en la vida de los hombres (Dios quiera mas tarde que temprano), habrá de decirle adiós.

Así pues, ha sido la cena con Monse, una cena donde no importa el cansancio del viaje, las recomendaciones de sus padres o el futuro corazón-roto de “Romeo”; no importa que pasará mañana, no importa que sólo Monse apenas tenga siete años. Nada importa frente a una mujer enamorada.

A Monse,
“porque todas tus historias merecen ser cuentos”
octubre 2003

“...TODOS LOS NOMBRES Y SITUACIONES NO SON OBRA EXCLUSIVA DE LA IMAGINACIÓN DEL AUTOR. TODA SEMEJANZA CON LA REALIDAD NADA TIENE QUE VER CON LA COINCIDENCIA...”

Sueños en Gris

“...Lloro debajo de mi nombre y
agito pañuelos en la noche...”

En el otoño, cuando los árboles lloran su tristeza amarilla, mientras las calles de la ciudad huelen demasiado a tierra húmeda y las playas se quedan solas de sol; ahí en ese dormirse lento de las cosas, él camina entre estaciones y silencios. Anda, con su carpeta de sueños bajo el brazo, en busca de un pasado con melancolías perdidas, huyendo acaso, de ese futuro que lo aguarda en medio de un bostezo. Aunque tal vez, sólo se dirige al final del pasaje, donde cuelgan tantos adioses y bienvenidas, a esperar un tren que todavía no llega...

Él camina tranquilo, como temiendo espantar el reflejo de su propia soledad. Sus ojos miran un suelo de grava, alejando un poco la infantil ocurrencia de jugarse la suerte cerca de las vías. A unos metros, la rueda que cambia el destino de los trenes (y a veces de la gente) está al acecho... lo mira pasar con el deseo inquieto de atraparlo en ese dar vueltas y vueltas para que no llegue nunca, porque cree que los hombres tristes deben seguir envueltos en el misterio de lo que “no será”. Con un fuerte chirrido pronuncia su nombre, tentando probabilidades, pero él ya aprendió a ignorar fantasmas entre insomnios de madrugada y noches espesas.

Cierto es que dan ganas de decirle que interrumpa un instante ese deambular sin apuro y que deje de crear puentes de plata hacia la luna; pero no sería justo pedirle a una gaviota que detenga su vuelo sólo para admirar el blanco de sus plumas... y entonces las ganas se evaporan.

Su sombra ya no lo acompaña; será por la ausencia de luces o por esa manía rara que tienen las sombras de desaparecer sin motivo. Así pues, envuelto en la penumbra tejedora de nostalgias, en la estación de besos de amor y lágrimas evaporadas por el tiempo, él sabe que se acerca la hora de abrir carpetas y liberar sueños.

La calle le recibe abierta como siempre, esta calle que presenció sus madrugadas y bebió su primera sangre fruto de una de tantas guerras de piedras que es como los niños se vuelven hombres aquí. Se detiene en una esquina sin tiempo donde al tiempo recibiera besos y adioses... la carpeta bajo el brazo ha vuelvo a abrirse.

La recuerda como siempre, bella como nunca. Con el cabello que goteaba sin recato después del baño que aún perlaba la piel y terminaba por empapar aquellas sabanas nevadas donde yacían después de amarse hasta el tuétano. Recuerda sus manos deslizándose cual peces antes de morir en el fondo de una barca que era su espalda tantas veces acariciada y en cada una reconocida como parte de su mismo ser. Se ve a sí mismo naufragando en los castaños ojos de mirar de tormenta que retaban los años y conservaban aquel encanto de maliciosa ternura. Nunca como aquel día quedo tatuada en la memoria su dormir dejándose llevar como si se soñara entre nubes o en brazos de un amor de esos que parecen para siempre.

Algunas veces siendo niño paraba frente a esta farola, aunque hasta ahora comprende que no era por la mortecina luz que ya ni siquiera alcanza a convocar polillas en celo; ahora entiende que siempre fue movido por unas ansias tan añejas que no vienen de otra parte que no sea lo profundo del ombligo. Desde aquí tiene platea para la ventana del dormitorio que fuera en un entonces el refugio de tanta rabia y cementerio de tantas ganas; esta noche los rotos cristales semejan una desdentada boca que jamás volverá a tenderle una sonrisa de bienvenida.

Nunca dolió como entonces, nunca como entonces sintió quebrarse la voz mientras paría un “te quiero” que venía gestándose entre prejuicios. Dolió y mucho, aunque ahora el dolor sea distinto, se sintió hasta el fin del tiempo y de su mundo. No es quebrarse de vidrios sino romper de olas; no es llanto de viuda sino de madre en estreno. Arde su pecho mientras cabalga las indomables caderas y espera por morir una vez más con ella mientras que entre innumerables suspiros, se abraza a la cintura con ambas piernas mientras alas de ángeles la llevan a un cielo que, si bien no es el aprendido de la doctrina, es mejor por mucho pues pertenece en esta vida a los mortales. El viaje es intenso y el tiempo junto con ella se vuelven líquidos. No importa que en la travesía su ángel se halla quebrado un ala y jamás vuelva a poder habitar en “otro cielo”.

Parado a la distancia parecería un fantasma con los ojos fijos en un paredón carcomido por tantos años, tantas lluvias... tantas manos. Entre la maraña de anónimos mensajes y promesas de amor talladas a navaja reconoce la única que siempre le importó. Nunca nadie había llegado tan hondo, nunca nadie penetró tanto en su mirar y le arrancó de cuajo las entrañas. Nunca amó tanto a nadie, incluso ahora, a tanto tiempo... a tantas camas... a tantos “adioses”... a un sólo “ya no más..”

Ha vuelto los pasos mientras un tren despierta al alba pero sin molestar a los gallos con el pequeño pacto de dejar dormir a la buena gente el “sueño de los justos”. Mientras las hadas abren corolas y agitan árboles, la naciente hierba le disputa el rocío al sediento suelo. En ese instante mientras se forma de nuevo el mundo, él ha vuelto los pasos hasta la vieja rueda que le invita a jugarse la suerte... a “no llegar”. Se miran como viejos amantes que jamás se olvidan por más que en el tiempo se eviten; un guiño a la vez es el mejor sello de “acepto para siempre”. ¿Por qué no? después de todo “no sería justo pedirle a una gaviota...”

Sueño de Octubre

Ella sueña... va errante, divagando entre el ayer que fue y el que pudo haber sido. Y en esa ausencia gris, su risa vomita carcajadas falsas para no levantar sospechas. Ella vive y su vida es un cristal, una cuerda a punto de rasgarse, una lágrima en plena caída. La sal de la resignación le va cicatrizando las heridas del desencanto. De vez en vez, ella olvida no recordar a aquellos por quienes ha sufrido y derrama algunos versos tristes sobre su almohada.

Ella teme despertar... Teme que el fulgor de nuevas luces, esas que aún no conoce, haga estragos en sus pupilas y sin embargo, no duerme.

Él, está allí, presente donde el aire no acaricia su cabello. Persevera, indaga; Se inmiscuye en el laberinto donde para ella no hay salidas. Tiene hambre de sus secretos. Desea desenmascararla, conocer su alma sin maquillajes, desvirtuar el personaje que finge saber todas sus líneas, tener todas las respuestas. Quiere hilvanar los retazos de amor que ella dejó, como jirones, desperdigados en otros corazones. Quiere rescribir cada párrafo de su tiempo, de su historia; revisar cada punto, cada coma.

Ella se atreve, baja la guardia, desarma la defensa. Prueba con su pie que tan frías son las aguas de esos mares lejanos y, felizmente, la espuma que besa su andar le devuelve la sonrisa. Se deja atrapar en esa red que amortigua sus caídas. Bebe de su miel; se emborracha con él tarde a tarde de poesía y la resaca de ese dulce licor le da sabor a sus días insípidos. Como nunca, anhela la intimidad que la soledad le brinda para saborear impunemente, con gula, cada puesta de sol, cada noche vivida para después, morir en el fuego y resurgir de sus cenizas.

Él está allí, esperándola tarde; ansioso por calmar la soledad de la silla vacía; reinventándola. Preguntándose qué ángel disidente la puso en su camino. Ella, con algo de celo, llega a la cita.

Ella despierta, descorre las cortinas y mientras la luz se abre paso devorando la oscuridad que dejaron los resabios, piensa: “Hoy es viernes de octubre; hoy se conocerán; ¡Anda! No tengas miedo... a veces solo se trata de dejarse avasallar por los vaivenes del destino”.

Sala de Urgencias

"Mientras el cielo cura...
el médico cobra los honorarios”
Benjamín Franklin.

-¡Varón, 34 años, presenta lesión contuso confusa cráneo encefálica por la parte de la cabeza. Estado precomatoso. Se nos va!.-

Así efectuó su entrada en el centro clínico el individuo Pepe Portugal, después de caer súbitamente desplomado mientras caminaba tranquilo por la acera.

El Dr. Olvera se hizo cargo del ingreso.

-¡Llévenlo a la sala número 3. Rápido!-

-Doctor... Aquí las salas van por letras.- Recordó un empleado.

-¡Pues al número B Coño!... Y haga el favor de gritar más, muchacho, que esto es una sala de urgencias!.-

Prepararon la mesa y, una, dos, tres!, arriba!; lo colocaron encima de un costillazo que hizo temblar el hospital.

-¡Quiero que le hagan un scanner, una resonancia, un encefalograma, un electrocardiograma, y que le administren varios miligramos de algo que acabe en “paína” o “coína”. ¡Rápido, por Dios, que se nos va!...
¡Necesito los resultados YA!. Pero mientras llegan y no llegan, ayudante!, Páseme el desfibrilador, que le iré dando lo suyo a este tipo. Ah! y tómele la tensión, que yo no quiero que un paciente mío esté tenso!.-

La gravedad del ambiente era irrespirable. Tenían que salvar a Pepe Portugal.

-¡Doctor!, ya tenemos los resultados de algunos análisis, dos radiografías, un procultivo en fase tres, pruebas de gonadotropinas y una foto polaroid de cómo era antes y cómo era después de antes.-

-Bien, déjeme ver eso... Hummmm... Vaya... no es posible... maldita sea caramba... es imposible!-

-¿Qué pasa doctor Olvera?- Preguntó el ayudante.

-¡Llama ahora mismo a toda la planta mayor del hospital!. Tienen que ver esto; que vengan de inmediato, cardiólogos, vasculares, oncólogos, coronarios, y los de la cabeza sobre todo!. Y mándame un psiquiatra, que nos hará falta para cuando vengan los familiares. Ah!... si se te cuelga algún pediatra u oftalmólogo, los echas a patadas, que esos sólo quieren andar de choteo!... ¡Anda, corre!.

Al cabo de 20 minutos, el lugar estaba con más ambiente que boda de pueblo. Todos analizando, comprobando, deduciendo, completamente asombrados.

-Caramba, Olvera, no me digas que es... ¡Oh, no, no es posible!-

-Me temo que sí, colega Robles. Óiganme todos con atención: Lo que este paciente tiene en su cabeza, aunque no lo puedan creer, es un brote de ¡¡IDEAS!!-

-Ideas- murmuró la Dra. Matos -¿Pero eso no se había conseguido erradicar ya hace más de 40 años?-

-Por supuesto, querida, ahí está lo grave- repicó el Dr. Olvera- ¿De dónde procede la cepa de este tipo?.

-Sea como sea- intervino el cirujano Calderón- habrá que extirpar. Se puede arriesgar la vida de un hombre, pero no los cimientos de una sociedad que costó muchos esfuerzos traer hasta donde la tenemos ahora!-

-Yo lo suscribo- gritó Olvera –¡Preparen quirófano!... Con o sin anestesia, pero operamos YA!.

Mientras preparaban la intervención, llegaba al hospital la esposa de Portugal, hecha una histeria, gritando, sollozando, llamando al marido, desorientada y aullando como una hombraloba. El psiquiatra, que ya estaba preparado para esto, la condujo a su despacho y como no se calmaba, llamó a dos enfermeros talla XXL que la aplacaron por el pasillo como a un delantero de rugby y le metieron una buena dosis de sedantes.

-¿Señora, está mejor?-

-Eh?!, Sí, ¿Y mi marido?-

-No quiero engañarla, su esposo ha sufrido un mal que ya creíamos extinto. A su marido le hemos detectado un brote de ideas.

-Ay! ayayayayay!, y ¿eso qué es?, ¿Es muy grave?, ¿se me va a morir?-

-Si no se me calma, volveré a llamar a los de antes- susurró el psiquiatra con voz amaestrada de psiquiatra.

-Un brote de ideas se acumula en la cabeza, señora, y se expande por la masa encefálica como una mancha. Entonces, el enfermo se vuelve extraño, cambia de personalidad, se cree superior a la muchedumbre y acaba por convertirse en un ser marginal y solitario. Esta lacra puede transmitirse en ocasiones a los hijos y seres cercanos. Y ni usted ni yo queremos que por culpa de su marido, se nos monte una epidemia, una pandemia o un contagio... ¿Verdad señora?-

-¿Y dónde habrá cogido mi Pepe eso tan malo, doctor?-

-Eso no lo sabemos. Tal vez sea un brote de generación espontánea. Aún tenemos que seguir haciéndole pruebas-

-Ay! ayayayayayay!- lloraba la señora Portugal.

-Mire, voy a preguntarle algo. Es imprescindible que su respuesta sea totalmente sincera-

-Sí doctor, dígame...-

-¿Tiene libros en su casa o algún disco cultural o tratados de filosofía o videos formativos o algo parecido?-

-No que yo sepa. En mi casa no se lee más que los folletos de propaganda que ponen en los buzones y las revistas de chismes de famosos. Como no sea algo que haya quedado arrinconado en el garaje... Pero yo no le he visto leer a mi Pepe-

-Bien, señora, si su Pepe sale de ésta, necesitará seguir un estricto tratamiento y deberá adquirir unos hábitos de vida más saludables. En eso usted es muy importante para la total recuperación de su marido y para evitar una recaída.-

-Yo hago lo que usted mande, doctor!-

-De acuerdo. Cuando él vuelva a casa, usted lo observa, lo vigila, que no haga cosas extravagantes. Lo mejor para su recuperación es que vea por horas enteras la televisión. Sobre todo programas de máxima audiencia... como el Big Brother o el fútbol, por ejemplo... que por eso son tan terapéuticos. También películas de guerra que lo ayudarán a relajar sus impulsos y musicales familiares de alto “reiting” en la actualidad. Si lo hace, tendremos mucho ganado-

-No se preocupe doctor, yo me encargo!-

-Ah! Y si en algún momento, ve cómo su esposo dibuja sobre un papel o escribe cosas en una hoja o murmura mirando a las estrellas o tiene conductas así de anómalas, no dude en llamarme a la hora que sea. Aquí tiene mi teléfono.

Regusto a Ti.

Hoy tengo ganas de escribirte algo, pero no tengo lugar temporalmente hablando. Tu ausencia me hace pensarte en compañía de amigos, en lo que estarás hablando, en el movimiento de tus manos, en tu risa chueca y una que otra carcajada. De pronto, me apetece cenar y decido preparar algo. Pasta, por supuesto; es mi especialidad pero, esta vez es distinta. Esta vez quiero prepararla con regusto a ti. Te invoco; obligo al pensamiento a traerte conmigo, quizá, para imaginarte cenando a mi lado.

¿Cómo podría llamarle a esta nueva receta?... No lo sé aún; ya habrá tiempo de ponerle nombre. Mientras tanto, veamos...

Se hace un sofrito. Se calienta aceite (no demasiado), se añade cebolla cortada muy fina... hoy, también ajo... porque te gusta. Cuando el color me empieza a recordar al tono de tu piel, añado cilantro (también cortado fino) y al final, tomate troceado al tamaño de un dado, como las yemas de tus dedos. Mi madre hubiese añadido pimiento verde, pero a mi no me convence, enmascara demasiado otros sabores. Al final con todo bien ligado, se agrega la sal y una pizca de azúcar.

Previamente se tendrán que haber sacado de sus conchas unos mejillones. Dándoles una cocción menos que ligera, lo justo para que se abran. Ya sé que te dan pena, pero no son más que mejillones, con todo mi respeto. También unas almejas lo más grandes posibles, que se someterán a otra leve cocción y luego a una minuciosa separación de sus veneras. Es importante guardar el agua de la cocción de las almejas, porque será el caldo donde pongamos al dente la pasta.

Se cuece la pasta. Rigatoni o Penne es lo que utilizo yo; pero podría servir Manicotti o Ziti. Para mi gusto, los Ditalini y los Radiatori son demasiado menudos. Por supuesto, descarto automáticamente los Rotini... esos no te gustan.

Lo siento; sé que te parece ridículo pero, sigo probando el punto lanzando un Rigatoni contra la pared de la cocina. Hoy incluso utilicé ese mismo caldo hirviente para darle un corto transito a unas gambas. Habremos también de haber dado un hervor, algo más dilatado, a unos brócolis, unas tiras de zanahorias y unos espárragos, por supuesto.

Y por fin, el último paso, todo a la sartén; esa que está guardada en el horno que rechina al abrirse y que te hace tanta gracia. Allí salteamos (sin aceite) durante cinco minutos un chorrito generoso de vino blanco; aún no sé a ciencia cierta cual te gusta pero, creo que una cosecha joven será ideal... y a servir.

Mantel y servilletas de hilo en el comedor; un par de copas y algunas velas para dar “caché” al momento. También un Merlot, cosecha tardía del dos mil uno. New Age de fondo y luz baja.

Me salió “de muerte” la cena hoy. Sólo me ha faltado... pues ya lo sabes... Tú.

Nadie Muere Dos Veces

Tras tantos años de no verlo, así de sopetón, me lo topo en cualquier esquina de la casualidad, y ahí está... intacto... posiblemente mejor que el recuerdo; como descrito con amor por un Mario Benedetti. Tuve que echar doble nudo a mis emociones, para que no salieran a su encuentro a lamerle la cara como perro agradecido.

Los nudos no fueron muy fuertes pues antes de morderme la lengua le dije que había conservado sus poemas atados, sin que las cucarachas o los ratones pudieran roer sus bordes, y para cerciorarme que me creyera le cité aquel pasaje donde él comparó los lunares de canela sobre mi espalda como las constelaciones de un cielo de diciembre, poniéndome a la altura de un cinturón de Orión. Y todo esto a pleno sol, con un calor de los mil diablos y con agenda apretada por cada lado. Le dije que mi vida estaba como para una telenovela, y él me dijo que la suya también. Fue cuando me di cuenta los efectos de tanto marxismo y tantas dosis de practicidad que engulló a través de los años.

Era el mismo, sólo que con más años muy bien disimulados. Hablamos de todo y de nada... como suele suceder cuando uno quiere hacer un puente improvisado sobre el río de la distancia o un cauce urbano de olvido engavetado, atando lianas de momentos compartidos hace años, tratando de armar si no Puentes de Londres, por lo menos un quitamiedos que nos de la sensación que estamos asiendo algo firme, que hay por donde pasar ante tanta indiferencia ficticia acumulada.

Y salió a relucir hasta literatura australiana de Patterson que él me leía, y le recité en mi mal inglés las únicas líneas que se me pegaron de la popular rima del confín del mundo sobre el vago Clancy y de nuevo, como lo hacía en aquellos tiempos, me regañó por nunca haber podido aprenderme aunque fuera la versión castellana de la Rima del Anciano Marinero de Samuel Taylor Coleridge...

Esto de los reencuentros, señores, no es sólo alivio. Alivio de saber que una está viva y la contraparte nunca-olvidada vivo también, quizás un poco rasguñada, o un tanto todavía con pulsos locos como antes. No es solo alivio de que la vida no ha podido acabar con uno, sino que también hay un regusto bien sabroso a dolor.
Nos preguntamos qué hubiera sido si cada quién, no hubiera hecho toda la diferencia al tomar el otro camino de la bifurcación. El saber que Serrat tiene razón cuando canta que uno cree que los mató el tiempo y la ausencia, pero su tren tomó boleto de ida y vuelta... todas aquellas pequeñas cosas de un tiempo de rosas (aunque, aclaro que la década pasada no fue muy de rosa para muchos y que esos mismos escapan de devolver el almuerzo de la ira cuando se acuerdan de las filas y las confiscaciones y la partida del hijo...)

Y mientras hablaba con él a la sombra de un cedro, sentados en una banquita mientras una enorme paloma hace gloriosos intentos por cagarse encima de mi mollera, los temas normales salen a flotar... que la situación del país, que la corrupción estatal, que el desempleo... y me doy cuenta que se va fijando en cada detalle... mis piernas sin várices, las manos huesudas de siempre, la mirada de tormenta a punto de soltarse... mientras tanto, yo bebo a sorbo lento sus recién estrenadas patas de gallo alrededor de sus ojos color verde que siempre admiré; le paso la mano por el lunar del brazo, con aquella espeluznante confianza, le busco con disimulo canas en el cabello y sonrío internamente al no encontrarlas porque siempre he pensado que las canas son el termómetro visible del sufrimiento humano.

A quemarropa le sacudo con la pregunta que me pica la lengua. Le pregunto si entonces, años atrás, me quería tanto como decía. Es increíble ver a este señor que no le daría miedo olfatear el azufre del diablo, palidecer y quedarse tartamudo por un rato. Después de buscarse un asidero en el acantilado por donde lo he lanzado sin querer, se pega a una liana de excusas freudianas y me suelta un discursito sobre las fijaciones edípicas antes de decirme un “te amé y aún lo hago”.

Me siento vulnerable. Sí, ríanse. La señora se sonroja; triste con ganas de reír. El alma de las fiestas, a la que nunca le faltan los chiles verdes o sencillamente morados, la que llega triunfante tras una noche de desvelo de trabajar como burro de carga... Pero tengo que conformarme con algo tras haber lanzado esa pregunta.

No quiero que me vea vulnerable. No quiero que se dé cuenta que a mis 47 años, me siento como que ya vi de todo y no me gustó. Quisiera sacar un borrador del aire y eliminar las ganas de sincerarme por una vez en la vida, si es que vida se le puede llamar a mi existencia ajetreada.

El tiempo como siempre interfiere y tiene que regresarse a su vida de siempre, a seguir siendo el mismo soberano del deber cotidiano, a su mundo donde lo conocen pero no lo ven.

Esa noche cuando llego a casa, quiero asirme un poco a su memoria y busco en el cajón los poemas que me hizo cuando nunca sospeché que yo podría ser musa de alguien. Los encuentro en los papeles amarillentos, junto a mi certificado de bachillerato y las notas de mi primer año en la universidad. Estoy por cerrar el cajón cuando un papel sellado me llama la atención. La sentencia de divorcio de mi único fracasado matrimonio. Pero no puedo morirme del susto. Nadie se muere dos veces y el papel que tengo en mis manos es mi propio certificado de defunción, que data de unos años atrás. Es cuando me percato que le he estado recordando tan cotidianamente que no me ha dado tiempo de enterarme que estoy muerta en vida.

Mi Guardarropa

“Como el mar a la orilla, regresa a mí la melancolía. Golpea una y otra vez llenando de sal las hendijas de mi alma. Se ensaña. ¿Y si fuera de pronto que sucediera? ¿Si se rompiera ese pacto entendido entre la vida y la muerte y finalmente, quedara presa en un incierto destino? ¿Y si dejara de maldecir por no haber llegado a nada y comenzara a preguntarme a dónde estaba yendo?...

... A veces es difícil no pensar que vivir es morir en cuotas. A veces es difícil disfrutar solos de las cosas que antes dividiéramos con felicidad. El mundo me regala una verdad: los amores no son eternos pero el amor es amor por siempre y desde siempre, el amor duele. Sin embargo, aquí estoy, tan firme que el silencio más hermético duerme en mis ojos.”


Aquí estoy, preguntándome, tratando de adivinar qué será de mis saldos y mis deudas. Quién se quedará con las cosas que tuve y quién recordará a la persona que fui. Aquí estoy en mi habitación; mi mirada se eleva acercándose a la inmaculada claridad del cielo raso. Sus alas están contenidas entre las altas montañas de cemento que cobijan en su centro ese extraño sol artificial; descendiendo en su vuelo, planeando; al toparse con el guardarropa de ilusiones halla en los bolsillos de un saco los recuerdos. Ve como han ido deshilachándose antiguos rencores y apolillándose grandes amores. También se percata de que en la camisa de las coincidencias, cada situación-botón ha encontrado su explicación-ojal. Encuentra escondidos en un par de zapatos nuevos todos los caminos que aún no recorrí, los pasos que aún no me animé a dar y entre algunos vestidos encuentra a la mujer que soy.

En el cajón de los pañuelos encuentra las lágrimas mudas que alguna vez lloré; acomodándose, haciendo espacio para las que derramaré y ve como la ropa interior apaña la timidez de mi propia desnudez. Los camisones se han vuelto color vigilia y aún huelen a pasión, soledad, insomnio. Entre unos cómicos disfraces halla a la ingenua que fui, a la madura que pretendo ser y a la victima que jamás seré.

En el estante superior, junto a la colcha de retazos que cobija mis penas, encuentra dentro de valijas polvorientas kilómetros de despedidas y reencuentros. De pronto, se agota mi mirada y luego de un vuelo triunfal, se acomoda en el lecho. Quizás ya no quiera despertar cuando encuentre escondidos entre sábanas tantos sueños y entonces, quizás ya no me quiera preguntar cuando. ¿Cuándo quedaron faltos de palabras los lenguajes y enmudeció el silencio convirtiéndose en un témpano de hielo que acalló la voz de los labios cálidos? ¿Cuándo esa terrible agonía cargada de reproches y resabios apagó los días que brillaban en los cielos? ¿Cuándo deje de merendar besos para ayunar egoísmo? ¿Cuándo escribí con mano de la comprensión lo que borró el codo del cinismo? ¿Cuándo todo dejó de ser “similar” para ser “más de lo mismo”
Lo sé, a veces ni la más ardiente hoguera enciende los suspiros helados de un alma resentida ni el más caudaloso río arrastra los despojos de las noches sin sueños. A veces ni las más dulces caricias sosiegan el dolor de los puñales en el pecho y ni el más cómodo lecho da descanso al corazón que, abatido, busca una respuesta.

A veces pienso que cada fracaso es una trampa macabra del destino que quiere probar si sobrevivimos a las penas más estúpidas.

Mi Amor por Elena

Recuerdo como si fuese hoy el día en que nos conocimos. Recuerdo haberte visto a través de la vidriera en el Shopping y haber sentido tu mirada antes de descubrirla.

Recuerdo cuando pasaste a mi lado y me rozaste con cuidado, para que nadie lo notara. Recuerdo, cuando salimos del local, juntas, sin dejar de admirarnos. Te sentaste a tomar un café, después me llevaste a tu casa y no volvimos a separarnos hasta ahora.

Recuerdo las tardes de domingo que pasábamos caminando juntas por los parques o cuando me llevaste por primera vez con tus amigas y no tuviste vergüenza en exhibirme frente a ellas. Me mostrabas entre halagos y caricias, mientras alguna de ellas se mordían de celos y otras solo se alegraban por que nos encontramos.

Recuerdo cuando tocaba tus muslos recién bañados, perfumados de crema, suaves, tibios y cuando me tocabas para sentirme, para asegurarte que estaba donde me habías dejado. Pegada prácticamente a tu cuerpo.

Nunca me importo ser tan dependiente, nunca me importo vivir a través tuyo. Pero ahora Elena. El amor se volvió en mi contra. No hago más que recluirme en el rincón oscuro en que me dejaste olvidada el día en que lo viste, lo elegiste y lo trajiste a la casa. Una vez que la nube de amor que cubría mis ojos se corrió apenas unos milímetros, pude darme cuenta, que no era la primera vez que lo hacías, que cerca de ti había un tendal de corazones rotos por el abandono. Una vez que me dejaste por ese, pude conectarme con otras y otros seres desprotegidos que tiraste una vez que te cansaste de usarlos. Con algunos hasta te justifico, pero... Conmigo!.

Sí, yo siempre voy a estar bien, después de todo no soy nada fuera de lo común. Vamos Elena, no me ignores; no me cambies por esos jeans desteñidos... SI UNA LINDA FALDA NEGRA NUNCA PASA DE MODA!.

Las Tres Libélulas

(reflexión sobre un cuento árabe en “El Coloquio de los Pájaros”)


Intrigadas y fascinadas por la llama de una lámpara que ardía a la puerta de un templo, tres libélulas se reunieron para discutir acerca de que era realmente el misterio del fuego. No convencidas por la sola y ciega atracción, decidieron investigar más de cerca y así, la primer libélula se aproximó a la flama hasta que el calor comenzó a hacerle daño.

Volvió con su grupo que le miraba a prudente distancia para ser recibida con la gran pregunta:
-¿Has descubierto realmente qué es el fuego?-

A lo que ella respondió:
-Es agradable al principio, pero después duele y como no quiero sufrir no seguí más adelante; me conformo con saber eso-

La segunda libélula pensó: “mi compañera ha estado cerca pero pienso que “eso” no es realmente el fuego”; por lo que decidió repetir la aventura.

Así que en carne propia conoció esta vez el acogedor calorcito que invitaba a más, mientras se hacia más intenso. Embriagada por la luz se armó de valor y orgullo y siguió adelante hasta que su frágil cuerpo rozó la naranja flor quemándole un ala. Herida, volvió con sus compañeras que admiradas, reconocieron su valor. Más la tercer libélula, que no era tan práctica como la primera ni tan resistente como la segunda, pensó para sí: “aunque ha tocado el fuego, mi hermana no ha conseguido descubrir realmente de que se trata “el verdadero fuego”. ¡Debo saberlo, iré mas allá!”.

Dejó atrás vanidades y voló sin pensar hasta el candil y repitió la experiencia que conocía de oídas. Sintió placer, sintió dolor, pero su corazón ardía más que mil flamas juntas, por lo que lo abrió para que salieran de él miedos y dudas. Cerró ojos y mente y siguió adelante guiada por la fe hasta que las transparentes alas fueron lamidas y todo su cuerpo se confundió con la tan amada tea y ardió en sí misma.

Así pues, la tercer libélula conoció por fin la esencia del fuego, desentraño su misterio y comulgo con él; ella misma se volvió calor y lumbre; desgraciadamente para toda la creación jamás regresó para contarnos el secreto de “cómo es”.

El amor (como la atrayente flama) continúa siendo imán de sueños y deseos, jardín de heridas y dolores jamás pensados; pero ahora más que nunca siento la necesidad de abrazarlo y que me abrace. Sólo sé que quiero llegar al final y conocer al fin su verdadera naturaleza sin pretender entenderla. Sé que no hay regreso pero...

...no se me ocurre un mejor lugar a donde ir.

La Maquillista

-“¿Y si la pintura que una se pone refleja cuánto ocultamos?”, preguntaste.
-“Imposible, ”- dije yo - “sólo en fantasías”.

Hace mucho tiempo, aquí, en esta ciudad, vivió una mujer cuyo oficio no era sino el de maquillar. Y es que maquillar ya no es lo que era antes. Al menos, no lo que María Concepción (que cabe mencionarlo, era el nombre al que Ella respondía) hacía. Esta mujer tenía la habilidad de simular no sólo las imperfecciones del rostro, sino también las del espíritu.

Los rostros más horrendos podían salir hermosos, después de unos cuantos retoques por aquí y por acá. Del mismo modo, la personalidad mas grotesca jamás imaginada, la herida mas profunda en el corazón, salía matizada como una alma bella, una alma ingenua, o simplemente una alma muerta (y es que eran las almas muertas las que comúnmente se veían deambular en aquellos días).

Las jóvenes la buscaban para ser veladas como niñas inocentes y castas; para celar sus errores y pasiones ya vividas. Del mismo modo, los hombres maduros eran socorridos por María Concepción, para ser mesurados en sus toques de seductores; para aparentar ser dulces y mansos. Tal vez también un poco mas jóvenes, sí (pues eran estos los que iban en busca de los corazones de las jóvenes disfrazadas de virtuosas) pero no demasiado, pues a las mujeres bien se sabe que gustan de los hombres ya mayores. Los políticos (pocos y afortunados los que sabían de los secretos de María Concepción) se teñían de honestidad y de carisma. Ella les disfrazaba hábilmente su mezquindad y su avaricia. Con unos cuantos arreglos el corazón ansioso de poder era ahora un corazón ardiente de justicia.

El secreto de la maquillista no era uno corrido a voces y es que, en aquellos tiempos no se corrían los secretos como lo hacen ahora, sino que era igual a Ella misma. Era un murmuro velado que sólo algunos conocían. Para casi toda la gente esta mujer era simplemente eso: una maquillista.

¿Cómo era María Concepción? ¿Qué rasgos tenía aquél portento de mujer, dedicada al único fin de ocultar las realidades? Es muy difícil definirla con términos comunes. Lo que sí puedo decir es que era una mujer muy arreglada. Seguramente utilizó su propia persona para hacerse propaganda. ¿Hermosa? Tanto como Afrodita. Mas no sólo era su apariencia lo que ella retocaba. Se veía siempre contenta sin llegar a verse simple. Se le veía sensual, pero a la vez muy elegante. Su voz era dulce, siempre debidamente modulada. Sería muy difícil adivinarle la edad, pues aunque era de apariencia jovial, sus ademanes y actitudes daban cierto dejo de vejez. Tal vez lo más importante para poder describir a María Concepción eran sus ojos. Ella tenía, sin lugar a duda alguna, los ojos más hermosos que jamás hubiesen existido. ¿De qué color eran? No lo recuerdo, pero esos ojos eran realmente ojos de mujer. Siempre se veían dulces e invitadores, mas eran a la vez el cerrojo de todas las emociones que le pertenecían.

Nunca nadie conoció historia de amor que la tuviese como protagonista. Tampoco se le conocieron amistades, ni seres queridos. En los días de misa, la maquillista aparecía envuelta en finos ropajes. Siempre llegaba acompañada con algún bien maquillado mortal. Pues por que el hecho de decir que no tenía amistades, no significa que estuviera sola. ¡En lo absoluto! Tal vez eran sólo sus clientes los que la acompañaban; o quizá era parte de su ritual para transformar a las personas.

Un día como cualquier otro (si consideramos un día común uno de esos días donde las nubes y el ligero chispear de la lluvia nos anuncia los mediados del verano), al salir de su hogar, la maquillista se detuvo en seco. Miraba detenidamente a un hombre joven. Hombre que, curiosamente, tenía ciertas similitudes en las facciones a las de ella misma. Para ser un poco más exactos: tenían los mismos ojos, la misma compostura, y la misma sonrisa. Cualquiera que no la conociese, que no supiese de su vida ajena a todos estos avatares conocidos como amoríos... podría haber jurado que el muchacho era su hijo.

Cosa curiosa aquél encuentro, pues precisamente en ese momento el joven miró a María Concepción. La mirada no se detuvo mucho tiempo, antes que, sin darle la menor importancia a los ojos de ésta, voltease hacia la que seguramente era (o tal vez pretendiese que fuera, nunca lo supe) su esposa. Luego la tomó de la cintura para dirigirse a su carruaje, para ir a no sé dónde (seguramente lejos de ahí). Por un instante la maquillista pareció no ser la misma, y si uno fuera un poco irónico al respecto, juraría que se le corrió (primera vez en su vida, no lo dudo) el maquillaje. Al ver a dicho personaje dispuesto a retirarse, dio un paso hacia adelante, mas la suave lluvia comenzó a aumentar su intensidad, y por una vez más tuvo que dignarse a titubear. Obra milagrosa aquella escena (tanto que aun la conservo en la memoria), pues los ojos de esta efigie de la perfección estaban liberando un par de lágrimas. Lágrimas muy sucias aquellas, que a cada paso que daban por el bello rostro iban llevándose a su paso pintura y polvo. Supongo que no estaba acostumbrada a esos andares, pues, sin dejar de mirar la partida de los personajes, intentó dar torpes pasos hacia ellos, dejando ir un triste y ahogado gemido. Cosa muy curiosa, pues no es común ver a mujer tan arreglada salir así de violentamente al mal tiempo, ni tampoco ver cómo éste arrebata de un golpe tanto perifolleo.

Fue la escena más hermosa que jamás pude ver yo de María Concepción. Sus ojos, revelaban muchos años, muchos sacrificios y sí, también mucho dolor. La boca delataba una mueca que no podía ser otra que el reflejo de su corazón (corazón muy lastimado, creo yo). Era la viva imagen de alguien que pierde (por que sólo una pérdida genera ese malestar) parte de su vida. Por primera vez se veía lo que esta mujer era realmente. Creo que pocos tuvieron el privilegio de ver aquello (seguramente por estar muy ocupados viendo cosas realmente importantes) que la maquillista, la perfeccionista, la dibujante era realmente: una mirada triste y solitaria, una mujer que llora con la lluvia, mientras el agua termina por borrarle la pintura, un rostro que refleja un espíritu que agoniza, rehusándose a soltar lo más querido. Un ser humano perfecto.

Futuro Probable (carta)

Querida Mía...

Vaya suerte de encontrarnos “como si nada” después de tanto. Como siempre lucías tan linda en medio de las prisas de tu pasatiempo de “salvar el mundo” mientras yo sigo como siempre “sin llegar al grano”. Si bien es cierto que “Dios perdona pero el tiempo no”, pareciera que con tu persona se vuelven a torcer las reglas; aunque no sé si a propósito has dejado de ser princesa para convertirte al fin en reina.

Como fuera mi costumbre, volví a colgar mis miradas en tu espalda para hacer de tus caderas mi trapecio para saltos mortales. Una vez más fui tornero de tus piernas sin varices aunque hoy mi taller fuera la mente y no una mesita de café por debajo; hoy no hubo necesidad de pedirme zancadas más cortas ni yo de acomodarte a mi diestra. Veo que ahora fumas mientras yo no dejo de pedir cada vez un café mas negro (vaya con esta terquedad de matarnos nosotros mismos y a solas). Nuestro viejo árbol casi tira sus nuevos nidos de la sorpresa de vernos de nuevo juntos. Allí sigue el viejo testarudo inclinado a la derecha aunque las ardillas hace mucho que se han ido. Sigues disfrutando sentarte a su sombra mientras tu traje Channel es ultrajado por la burda corteza.

También veo que sigues temblando la voz en mi presencia y traicionándote a ti misma en un tibio intento por mentir con poco recato (así que te divorciaste; no me extraña, tu ex siempre me pareció un pendejo. Vaya que hay que serlo para dejarte ir) No dudo de tu felicidad “auto sustentable” ya que siempre tuviste de sobra para convidar a todo aquel que quisiera tomar un sorbo. Me pregunto si junto a tu buen humor aún conservas mis cartas con mi corazón que se te ofrecía a garabatos.

Debo confesar las incontables veces que a la distancia recordaba tu espalda donde formaba constelaciones con lunares que después serían para mi mano, igual de inalcanzables. A solas me hago un ábaco con las que veces que te dije “te quiero”, con las que realmente me lo creíste y si supieras en cuantas me trague el “te amo”. Seguí amándote sin remedio mientras ignoraba por quien rodaron tus lágrimas toda vez que volvió a valer la pena. Dime señora mía: ¿Quién ostentó un título donde antes reinaba mi anonimato? ¿Quién continuó mi trabajo debajo de tu falda?.

De este lado, mis brazos nunca volvieron a sentir deslizarse otros peces como los convocados por tus no tan huesudas manos y vaya que busqué en amores de sabor variado; aunque nunca encontré de nuevo el equilibrio entre la canela y el té de limón. La vida y algo parecido al amor fue y vino. Mi vista ya no es tan buena aunque aún conservo la dentadura completa y disimulo la naciente barriga; por tu lado, veo que la inversión en cremas de noche cumplió su cometido aunque sin mucho esfuerzo.

Mientras escribo esto recibo una visita del casero que se queja de la luz encendida que molesta a los demás inquilinos; le arranco indulgencia a cambio de un cheque que se lleva lo último de mis ahorros; un blanc de blanc´s me guiña el ojo mientras te recuerdo en esos tus hermosos treintas y el final de mis cabalísticos treinta y tres. Te imagino pensándome en un lecho jamás compartido con mi cuerpo y escribiendo ideas sueltas que quizás se parezcan a este presente que, quien sabe si en verdad deseábamos; pero el hoy por hoy es esto: eres una mujer triunfadora y yo sigo sin saber que seré cuando grande; la vida no puede contigo y yo le hago trampas al diablo; aún usas el perfume que te regalé y yo sigo suspirando.

De casualidad nos hemos reencontrado y yo sigo, por manía, de ti enamorado. Quién sabe “que hubiera pasado sí”. Quién sabe que nos esperaba de haber tomado otro camino. Cómo saberlo pero, mientras tanto, hoy hará frió... ¿Qué harás por la noche?

Faltan Plazuelas

¿Te has dado cuenta de la cantidad de plazuelas que le faltan a este mundo?

Caí en cuenta de semejante ausencia cuando esta tarde de martes, mientras me zampaba un bote entero de helado de chocolate, me taladró en la cabeza la siguiente pregunta: ¿Quién habrá sido el genio que inventó el helado?.

Yo, por supuesto, no tengo la menor idea... cosa que suena poco menos que a exabrupto. Miro a la “ignorancia” con todo el desprecio con el que soy capaz de mirar y la acribillo sin contemplaciones. ¿Cómo es posible que no sepa? porque de que es un genio, es un genio!. Porque calcula tú que si ese genio no hubiera existido, no existiría tampoco el helado.

¿Te imaginas un mundo sin helado?. Debería saber quién lo inventó, es más, todo el mundo debería saberlo y agradecerle la ocurrencia con una estatua. Yo no puedo entender que no haya una plaza con una estatua gordita (porque seguro que era un genio gordito) del inventor o dime tú, ¿acaso el mundo no mejoró a partir del día en que se inventó el helado?.

Y no sólo reflexioné sobre eso, sino que hice una lista de toda la gente genial que merece su placita con su correspondiente estatua en agradecimiento por haber contribuido a hacer de éste, un mundo mejor. Porque dejémonos de cuentos, eso de que “todo tiempo pasado fue mejor” no es más que uno de los tantos engaños de la nostalgia.

Nadie puede negar que estamos mucho mejor desde que, por ejemplo, alguien inventó el baño con su W.C. y su regaderita por la que sale un chorro de agua con sólo darle vuelta a la manija y su correspondiente tubería de aguas blancas y tubería de aguas negras. Ahí, hay mínimo siete plazas con sus siete estatuas a los que la humanidad les debe una infinidad de agradecimientos. Así como al que inventó el cemento y el asfalto, porque no hay más que echarse una caminadita en tacones por unas de esas lindas calles adoquinadas o sembradas de piedras redonditas que todavía quedan en este país, para darse cuenta de que se le debe mínimo una plaza con busto de bronce al que inventó las calles y las aceras “lisas”.
Y al que inventó el aire acondicionado, a quien se le debe no una plaza sino un monumento inmenso. Y el de los zapatos de goma y el de los “jeans”; el de la lavadora, la secadora, la computadora y el internet. ¿Y los celulares? ¿Cómo es que en este mundo no le hemos hecho una plaza al inventor de los celulares? ¿Cómo demonios, podríamos vivir sin celulares?.

Y todos aquellos científicos que dedicaron su vida a inventar pastillitas varias para quitar o aliviar los dolores, y al que inventó que los remedios para niños no supieran a “diablos” sino a caramelo de piñata; al del azúcar refinada, las linternas y las pilas; y al de los CDs que le permiten a uno tener cualquier orquesta sonando en plena sala de la casa. Y las fotocopiadoras, la cámara de fotos, la plancha eléctrica, el colchón ortopédico y las almohadas; los desinfectantes, los catéteres, la anestesia, las píldoras anticonceptivas, la T de cobre y para de contar!!. La lista es interminable y eso sin nombrar inventos mayúsculos como la rueda o la electricidad o el cine.

Lo cierto es que hay un sin número de genios, más o menos anónimos, a los que les debemos un agradecimiento del tamaño de una plaza con todo y estatua y... Creo que no cabe duda de que tendríamos un mundo más bonito repleto de placitas a dónde ir y de gente agradecida.

Buenos Amigos

Érase una vez una mujer y un tipo que disfrutaban la sencillez de ser amigos. Amigos como existen muchos en el mundo y se tienen pocos en la vida. Se conocen casi por accidente un día cualquiera del que incluso ya se olvido la fecha; suelen verse poco y con ganas, charlar largo y tendido, despedirse en corto más siempre con esperanzas. Ella suele caminar a su diestra (por consenso) y Él reposa de vez en vez los ojos (y no siempre por accidente) en sus caderas pero sólo ha de ser por un momento, porque son amigos.

Cuando hablan, suelen beber café negro mientras se fuman todos los pesares, después habrán de recriminarse esos malos hábitos que mutuamente se acarician y aunque comparten la mesa y uno que otro sueño, nunca pensarían en hacer lo mismo con una hipoteca o un cepillo dental. Como todo el mundo, tienen días malos de “cada quién por su lado” en los que Él suele “putear” la vida y Ella inventarse frases que hacen taparse las orejas al mismo cielo. Después, ya estando juntos, Ella estallará en risas que Él habrá de responder con una media sonrisa más bien chueca; otras veces “no tan malos” en que Él se empeña en usar palabras grises. Ella, como es justo de esperar, suele darles color y para no quedar mal con los presentes indiscretos, las adereza con alguna “patadita medida en el trasero”. ¿Qué le vamos a hacer?... así son los amigos.

Ella le habla de su amor devoto al trabajo, Él como contrapeso, de mujeres pasadas, reales y una que otra inventada. No tienen problemas con afiliación política, sindical o religiosa más nunca se les ha oído hablar de corazones rotos... bueno... sí de alguno, pero de esos que ya no valen de tan sobados. Hay que respetar el silencio de los amigos. Aunque ya han reposado la nariz en el hombro del otro, jamás fue más allá del tiempo justo que la moral manda; ni Él ha sentido temblar el pecho de Ella tan cercano al suyo... ¡Dios nos libre!... sólo son amigos.

Ella le habla y escucha atenta por teléfono pues es una excelente interlocutora que tiene en Él un pésimo copiloto, quien nunca sabe dar razones de camino y al tiempo va dando palmaditas con los ojos a otras caderas que no le son vedadas, aunque es justo decir que es sólo a ratitos; el respeto también es cosa de amigos. De vez en vez suelen darse regalos, cosas lindas que dan calorcito al alma pero que no despiertan sospechas. ¿Qué diría la gente si al abrir la caja surgieran vinos, perfumes o lencería?. ¡Jamás!... sólo son amigos.

Cada quién lleva su vida y obra por su parte, con familia y otros amigos por separado. Justo es decir aquí que no se tienen en exclusiva. Se conocen manías y quizás algún pecadito, pero no se piden nada mas allá de la moneda que pueden ser los consejos. Con todo, hoy la cosa ha cambiado. El semáforo esta algo lento ahora que ha llegado la hora de despedirse. Después del sincero “nos vemos pronto”, Él ha girado (no sabemos si con malicia) la cabeza un par de centímetros más a la izquierda, como buscándose el corazón mientras Ella no hace nada por corregir el rumbo del beso que se ha posado en esa zona que, si bien no son labios, ya ha dejado de ser mejilla. Lo ha dejado añejarse un segundo más de lo normal. Nadie dice nada aunque Ella contiene el aire y Él tiene ojos que quisieran llorar. Suenan las bocinas vecinas, ya ha cambiado la luz al verde; Él habrá de bajar con el coche casi en marcha y Ella meterá segunda mientras una sonrisa y una maldición pequeñita habrán de surgir por lo bajo. “Tranquila mujer, mañana es día de trabajo”.

Él se encuentra un asiento vació en el bus y una falda desocupada para su mirada. Hoy no habrá llamada, dejemos que nadie diga nada. El teléfono no se olvidará de sonar al día siguiente: “¿Quieres tomar café?. ¿Que harás mañana?”. Ella le enseñara su lengua en tono de burla, se les iluminará el rostro al verse. Son buenos amigos... ¿Qué esperaban?.

Asiendo Cuentos

Esto a lo que llamamos vida es un recomenzar eterno, una espiral ascendente, un acumular experiencias, atesorar vivencias. Es un ir paso a paso recorriendo los suaves vaivenes de las olas en mar abierto. Es ir asimilando cada rayo de sol, es ir bebiendo pequeñas gotas de roció. Es avanzar y reconfortarse con una cerveza, con una flor, con un guiño, con un viento suave a pesar del fango y la sed. Es recorrer las veredas de la piel, propia y ajena.


La vida es un buen libro, No el libro, sino NUESTRO LIBRO. Único, personal e intransferible. En él vamos escribiendo palabra a palabra nuestros transcursos; en él vamos creando nuestros personajes; vamos creando esquemas, tramas y desenlaces. En él dotamos de vida, engendramos nuestros más temidos demonios y damos luz a nuestros más sublimes sueños.


En este libro vamos tejiendo historias, relatamos, escribimos poesía. Cubrimos nuestros rostros con las más variadas máscaras y nos convertimos en chamanes capaces de dominar la magia del tiempo, del espacio. Somos hacedores de dioses. Atamos y desatamos. Amamos y desamamos. Mudamos nuestros amores a conveniencia y escondemos nuestros errores debajo de la alfombra. Y todo... TODO esta bien, porque tenemos el don, porque somos cuenteros.

Un Puñado de Cosas

¿A dónde van a parar todas esas cosas con olor a pasado?

Conversando con una amiga sobre objetos guardados como recuerdos, me comentó que conservaba un vasito de la dentadura postiza de su abuela. En su opinión, totalmente subjetiva y en todo su derecho, decía que era precioso. Cristal grueso con un asa del mismo material, pero de color ámbar. Se le vino a la cabeza la posibilidad de que se le pudiese romper y confesó que perdería algo más que un vasito precioso. Porque no es la belleza del objeto que guardamos como recuerdo lo que más nos importa, si no la esencia, la identidad que guardamos en él.

A veces el apego al pasado es lo que salva a esos objetos de no terminar en el bote de la basura o arrinconados dentro de una cajita de cartón. Recuerdo unas tazas de mi abuela que guardaba mi padre. Las tenía expuestas sobre el mueble de la sala. Aquel símbolo nostálgico de su niñez también pasó por la nuestra, que lo maltrató haciéndolo caer varias veces y teniendo que ser reconstruido con pegamento. En la forma podían haber perdido la imagen de tazas y parecerse más a un rompecabezas, pero en el fondo, seguían siendo un objeto de mi abuela y un pequeño monumento a los recuerdos de mi padre. Las botellas del abuelo, por ejemplo. Una colección de botellas miniatura que fue aumentando conforme pasaba el tiempo y que terminó en mis manos gracias a que mi único hermano no vive en este país; sin embargo, pienso: ¿Quién podría cuidarlas mejor que yo? ¿Quién seguiría aumentando el legado para que pase de generación en generación?

Por mi parte, también guardo un cajón con un montón de recuerdos que aunque son inservibles para la decoración, me evocan momentos pasados siempre felices. Un par de vasijas miniatura Morelianas que algún novio me trajo de regalo; un diploma maltrecho de una competencia de natación y que supongo, debió ser de consolación. Un mechero zippo que no usé porque los cigarros me sabían a gasolina, pero me lo había regalado mi mejor amigo, lo que le da ese valor añadido que le permite ser almacenado en el cajón de los recuerdos. Un montón de papeles, cartas y diarios inconclusos que escribí cuando era más joven; ahora me da vergüenza leerlos. Es posible que me cueste pensar que una vez tuve la mentalidad de un niño con la esperanza de un adulto.

Una carterita que ya no uso y que contiene inutilidades caducas, pero impregnadas con el olor del pasado; Una credencial escolar con la foto de una adolescente ochentera en donde no se distingue si es mujer o bestia. El pase de la biblioteca de la preparatoria, allí fue donde cogí querencia a los libros. El carnet del polideportivo de la primaria, donde dediqué horas jugando con mi pequeña pandilla. Un calidoscopio roto que aún intenta regalarme formas extrañas. Un rosario de mi abuela y otro que me regalaron cuando hice la primera comunión y que conservo dentro de un monedero antiguo que perteneció a mi bisabuela. Fotos de mis amigos, con mis amigos y con algún extraño que se coló en el momento. Unas cuantas monedas, ahora viejas, que servían para comprar helados de uva con chicle. Una bolsita de tela hecha por mi abuela y que guarda algunas conchitas de mar que recogí cuando era pequeña en uno de mis tantos viajes a la playa...

...En fin, tengo que admitir que ahora, mi casa es un pequeño almacén de recuerdos en stock y ese stock, con olor a pasado... y me gusta el pasado aunque sé que mi presente es maravilloso.

Tan Sencillo (poesía)

Tan simple como mirarte,
para que te agarres con la fuerza
de los momentos que se transforman en arte,
rastrojo de recuerdos
que se sueldan a mi cabeza
como el tiempo a cualquier parte.
Tan complicado como que no basta,
como que no abarca,
este montón de huesos y nervios
para guardar el amasijo
de sensaciones,
nudo de desnudos
y sus tentaciones.
Tan sencillo como querer
enhebrar nuestras vidas
en ese lado tan tuyo,tan mío, tan nuestro.
Tan complejo como el secuestro
de mi cabeza
por la belleza de tu mundo.

Ser, Correr o No Ser Nada

Y se levantan y corren, corren y no llegan.

A mi me dijeron que tenía que adelantar a todos, que tenía que ser la primera. ¿En qué? No lo sé. ¿Por que me enseñaron a correr para ser la mejor? ¿Por qué nos inducen a llegar antes que los demás? No me digas que no te lo has preguntado. Y habrá algún pragmático que se responda; soy un buen profesional, el primero de mi promoción, soy un buen químico. ¡De ciencias tenías que ser...!

No, no voy a decir que el “Leitmotiv” en la vida tenga que ser no hacer nada, no hablo de no implicarse, ni de conformarse. Si lo has pensado, te has confundido. Miro lo que me rodea desde mi limitada perspectiva, lo que he visto cuando he viajado o la visión filtrada a través del televisor y veo un mundo epiléptico. Gente con prisa, con grandes objetivos que les obliga a correr, correr y convulsionarse, muchas vidas alteradas y estresadas en alcanzar el vacío del éxito, o temblando por la constante amenaza del agujero negro; el fracaso.

¿Por que me enseñaron a correr para ser la mejor? No lo debieron hacer bien. Para mi, éxito o fracaso son totalmente abstractos. No voy a seguir el camino que me marcan, por el que nos conducen a todos, utilizando el miedo de no ser nada. Irónicamente, si algo me da un pequeño margen de libertad es el poco miedo de no ser nada.

No soy una desmotivada, tal vez una ingenua por quedarme a saborear las palabras que escribo y que leo, a paladear las conversaciones con los amigos, a masticar los besos que me regalan para transformarlos en suspiros. Sí, tal vez sea una ingenua por motivarme, por conformarme con tan poca cosa. Pero para mi... es tan grande!.

No corro, no voy a ningún sitio. Me siento a tomarme un café, a leer un buen libro y a disfrutar el momento que me regala la vida. Si alguien gusta de sentarse conmigo está invitado, pero que sepa que es el café de los que nunca van a ningún sitio y quizás nunca serán nada.